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Llegué. ¿Y ahora?

hace 4 horas
2 min de lectura


Apagas el auto y te quedas ahí un rato.


No estás haciendo nada. No es el teléfono. No estás pensando en nada en particular. Simplemente todavía no has abierto la puerta.


Ese rato ahí tiene algo. Vamos a mirarlo en estas dos escenas.


Si te están esperando

Entras a tu hogar, sueltas las llaves, y sin darte cuenta ya estás revisando el teléfono otra vez. Contestas el mensaje que quedó a medias. Adelantas algún detalle pendiente, para no tener que hacerlo mañana. Piensas en voz alta el asunto que traes desde las tres de la tarde. Y todo eso pasa con la cartera o bolso todavía en el hombro.


Contestar ese mensaje esta noche no adelanta nada. Mañana el trabajo va a estar exactamente donde lo dejaste. Nadie lo va a mover. Lo único que se mueve son las horas que transcurren en la noche, mientras tú sigues en ese sobrepensar continuo.


En tu entorno familiar, preguntas «¿cómo les fue?» desde la cocina, de espaldas, mientras abres la nevera. La respuesta llega y te pasa por al lado. No es que no te importe. Te importa muchísimo, por eso preguntaste. Es que preguntaste con la mitad de ti. Después, más tarde, alguien te cuenta algo por segunda vez y no sabes de qué te está hablando.


Si no te espera nadie

Te mantienes conectado al celular con los audífonos. Es como si mantenerte conectado escuchando te diera la sensación de acompañamiento. Comes mirando el teléfono. Lo dejas a mano toda la noche, boca arriba, por si acaso.  No hay nada malo ahí.


Y en los dos casos pasa lo mismo. El cuerpo entró. Tú no.


Tres cosas para esta semana

Ninguna te pide cambiar.


Los primeros diez minutos. Una noche, cualquiera, mira qué haces en los primeros diez minutos después de entrar. No lo corrijas. Solo míralo. Qué es lo primero que agarras. Qué es lo primero que enciendes. Qué es lo primero que dices, y a quién. Ahí está tu manera de llegar. Y con eso basta por ahora.


El umbral. Probablemente ya tienes un gesto que marca que llegaste: quitarte los zapatos, cambiarte la ropa, lavarte la cara. Míralo esta semana. ¿Lo haces al entrar, o lo haces tres horas después, cuando la noche ya se fue en otra cosa? Y si no aparece ninguno, es eso. No hay que resolverlo esta semana.


Dos minutos a capela. Una noche, al entrar, no enciendas nada. Ni televisión, ni música, ni teléfono. Dos minutos. No es para meditar ni para respirar de ninguna manera especial. Es para ver qué se siente al llegar y entrar a ese silencio.


Si vives con gente, la versión de esto es pararte un segundo antes de preguntarle a alguien cómo le fue. Un segundo. Lo suficiente para llegar completo a esa pregunta.


Para cerrar

Llaves, celular, nevera, celular otra vez. Casi siempre en ese orden, casi siempre igual.


Lo has hecho miles de veces sin mirarlo una sola vez.


Llegaste. El día se acabó. Estás en tu casa.


¿Y ahora?



— Ritmo con Sentido — ZF


 
 
 

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