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Aprender a vivir desde la experiencia: salir de la mente y habitar el aquí y ahora



¿Sabemos vivir en el presente o solo sabemos explicarlo? Muchas personas han leído sobre atención plena, han escuchado hablar del aquí y ahora, incluso pueden explicarlo con claridad. Sin embargo, cuando la vida se vuelve incómoda —cuando aparece la tristeza, el cansancio, la frustración o la incertidumbre— no saben cómo permanecer conectadas con la experiencia.


Nuestro cerebro está diseñado para mantener nuestra supervivencia. Para lograrlo, automatiza gran parte de lo que hacemos: repite patrones, anticipa riesgos y nos mantiene en piloto automático para ahorrar energía. Es un sistema eficiente y necesario. Sin embargo, mantenernos tan automatizados nos desconecta de las señales internas. Notamos el cansancio cuando ya es agotamiento, la tristeza cuando ya pesa demasiado, el estrés cuando el cuerpo se resiente. Vamos atravesando los días cumpliendo, resolviendo, pero con poca conciencia de la experiencia momento a momento. En ese punto se vuelve más difícil permanecer en el presente. No es falta de voluntad; es la forma en que el cerebro intenta protegernos. El reto está en aprender a notar ese movimiento y, con suavidad, regresar a lo que estamos viviendo: una inhalación consciente, el contacto de los pies con el suelo, el instante que está ocurriendo.


En terapia ayudamos a las personas a quedarse con lo que sienten sin abandonarse. No se trata de explicar la experiencia, sino de observar, anclarla en el cuerpo, sostenerla con presencia y reducir la huida mental. Aprender a vivir desde la experiencia es, poco a poco, dejar de salir corriendo cuando algo duele.

 

Cuando aparece la incomodidad en el cuerpo, lo primero que suele activarse no es la calma, sino el impulso de huir. Puede sentirse como presión en el pecho, un nudo en el estómago, tensión en la espalda, inquietud en las manos. En ese momento, el cerebro interpreta esas sensaciones como una señal de amenaza y trata de protegernos alejándonos de lo que incomoda: distraernos, pensar en otra cosa, comer, movernos sin parar, preocuparnos por el futuro o buscar resolver algo de inmediato. Es una reacción humana y completamente automática.


El punto importante es entender que muchas veces no estamos huyendo de un peligro real, sino de una experiencia interna difícil de sostener. Y mientras más tratamos de escapar de esa sensación, más intensa puede volverse, porque el cuerpo sigue activado.


Aprender a permanecer no significa obligarse a sentir ni quedar atrapado en el malestar. Significa desarrollar pequeños gestos de presencia que ayuden a atravesar el momento con más conciencia y menos lucha. Algunas herramientas sencillas y prácticas pueden ayudar mucho:

1.   Nombrar lo que está pasando


Detenerse un instante y ponerle palabras a la experiencia baja la intensidad. Algo tan simple como:

“Estoy sintiendo tensión.”

“Hay ansiedad en mi pecho.”

“Estoy incómoda ahora mismo.”

Nombrar no resuelve, pero organiza y da espacio.

2.   Volver al cuerpo con suavidad


En lugar de intentar que la sensación desaparezca, llevar la atención a algo concreto y estable: la respiración entrando y saliendo, los pies apoyados en el suelo, las manos descansando. No se trata de relajarse a la fuerza, sino de anclarse.


3.   Respirar más lento de lo normal


Sin técnicas complicadas. Solo alargar un poco la exhalación. Inhala contando hasta 4 y exhala contando hasta 6. El cuerpo entiende ese ritmo como una señal de que puede bajar la alerta.


4.   Hacer una pausa breve antes de reaccionar


Cuando surge el impulso de huir —mirar el teléfono, levantarse, distraerse— probar quedarse unos segundos más. Diez o quince segundos pueden ser suficientes para notar que la sensación sube, se mantiene y luego cambia.


5.   Cambiar la relación con la incomodidad


En lugar de preguntarse “¿cómo hago para que esto se vaya?”, intentar “¿puedo hacerle un pequeño espacio a esto mientras pasa?”. Esa actitud interna suele suavizar la resistencia.


6.   Micro-presencias durante el día


Practicar en momentos neutros: sentir el agua al lavarse las manos, notar el primer sorbo de café, respirar profundo al sentarse. Estos pequeños entrenamientos hacen más fácil sostenerse cuando aparece algo difícil.


Con el tiempo, se empieza a descubrir algo importante: las sensaciones incómodas no son permanentes. Se mueven, cambian de intensidad, a veces se disuelven. Y cuando una persona aprende a quedarse un poco más con su experiencia, deja de sentirse tan arrastrada por ella. Aparece una forma más amable de acompañarse, incluso en medio de la incomodidad.


Al final, vivir más presente no es eliminar la incomodidad, sino aprender a acompañarnos cuando aparece. Cada vez que elegimos detenernos, respirar y notar lo que sentimos en lugar de huir, estamos creando un espacio de mayor conciencia y cuidado hacia nosotros mismos. Son decisiones pequeñas, cotidianas y casi silenciosas, pero con el tiempo transforman la manera en que habitamos nuestra vida. Ahí es donde empieza el cambio: en esos momentos simples en los que, aun con todo lo que sentimos, elegimos estar. Ahí comienza, de verdad, decidir hoy.

 

 


 
 
 

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